Después de tener a mi primer hijo, en uno de los controles post parto con el ginecólogo, le comenté, con guagua con cólicos llorando en brazos, si es que en algún momento la pega se hacía más fácil y si dejaría de sentirme tan “montaña rusa de emociones” como me estaba sintiendo. El doctor, con una mirada muy atenta y que agradezco muchísimo me dijo; “para que tu guagua esté bien, tú tienes que estar bien y para eso hay que cuidarse. Si estás sobrepasada, pide ayuda, siempre habrá alguien que te podrá ayudar aunque sea sosteniendo a tu guagua en brazos para que te puedas dar una ducha. La ayuda está pero hay que saber pedirla”.

Con ese consejo-guía fresco en mi mente, comencé a pedir ayuda a mi red de apoyo y en el camino fui encontrando otras manos que estaban esperando a que tan solo se los pidiera. Con mi marido pasó que él también necesitaba pedir la ayuda a sus redes de apoyo, porque estábamos los dos sobrepasados, comencé así a “verlo” a él también y juntos nos dimos cuenta de que ser padres ¡por Dios que es difícil!

Desde ese entonces y con el pasar de los años he aprendido a cuidarme, de a poco, en un largo proceso personal que ha involucrado el precisamente pedir ayuda, en este caso, profesional, para así cuidar lo más importante que tenemos y que en otras columnas que recalcado, nuestra salud mental de madres y mujeres es, lejos, la esencia fundamental para criar de forma sana y feliz.

Y por eso, cuando hay días en que por donde mire me encuentro con ese falso positivismo que me exige “sonreírle a la vida para que me sonría de vuelta” o me topo con un tazón en redes sociales que me dice que “yo siempre puedo”, “que todo depende de mi” y que “soy la única responsable por mi felicidad”, ya no me siento angustiada o frustrada porque por más que intente no pues, no se puede no más.

Como madres tenemos todo el derecho de sentirnos con esa montaña rusa de emociones, de ver las cosas a veces grises, a veces llenas de colores. Porque las emociones, nuestro sentir, vale y hay que cuidarlo. Y créanme que cuando cambié ese foco y empecé a decirme a mi misma “un día a la vez” en vez de “vamos con todo”, fue cuando realmente comencé a ver cambios en mi vida de mamá, ahora desde una óptica más honesta, más real y más congruente con mi realidad.

 

Este artículo fue publicado originalmente en la sección de Tendencias x Nosotras donde soy columnista en el diario Hoy x Hoy.