Mi deseo de ser mamá me acompaña desde muy pequeña. No hubo un sueño mayor, ni una profesión, nada en mi vida fue más grande que mi sueño de ser mamá.

Aún no cumplía 11 años cuando mi diabetólogo (por mi diabetes, patología que tuve a partir de los cuatro años) me repetía constantemente el riesgo que eso implicaría en mi condición. Como es lógico, esto solo fortaleció mi sueño, ahora era ser mamá como razón de vida.

Siempre fui muy cuidadosa en este aspecto. Si bien sólo quería convertirme en madre, estaba plenamente consciente de que debía ser algo muy planeado, monitoreado y previamente estudiado junto a un equipo médico.

Pasaron muchos años hasta que llegó el día en que me casé. Poco antes del matrimonio supe que mi condición de salud estaba muy complicada, mi daño renal (secundario a la diabetes) iba de mal en peor. Sentía un cansancio superior a mis fuerzas; me dolían los músculos y a duras penas podía caminar.

No era capaz de subir escaleras por el dolor en mis piernas, las subía  solo con fuerza de brazos. Comenzaron a darme diuréticos, para poder eliminar la enorme cantidad de líquido que retenía, y así fue avanzando todo, silenciosamente, durante un año. En diciembre me sentía peor. Náuseas todo el día, vómitos constantes, aún más cansancio. Llevaba un mes diciéndole a Joaco, mi marido, que estaba embarazada y él repitiéndome constantemente que era imposible, que nos cuidábamos, que recordara que ya varios doctores me habían dicho que, en la condición en que estaba era casi imposible. Solo digo casi porque así ocurrió. Estaba embarazada.

De aquí en adelante vino una vorágine de emociones, de procedimientos que hacer, de miedos que enfrentar y fobias que superar. Llamé a mi diabetólogo. Mientras yo lloraba, sintiéndome feliz pero terriblemente asustada, el doctor, con una calma que me impresionó me dijo que debía estar tranquila e ir inmediatamente donde un nefrólogo. No solo tenía náuseas por estar embarazada, mis riñones ya casi no funcionaban y me estaba intoxicando. Ese día se hizo real mi mayor miedo. Debía entrar a diálisis, y, por estar embarazada, debía dializarme durante cuatro horas diarias todos los días, de lunes a sábado.

Debo confesar que no hubo oportunidad de quejarme, de llorar, de decir que tenía miedo. Sólo tuve tiempo de pensar en que sólo así podría salvar la vida de mi hijo. Pocos días después ya estaba entrando a diálisis y debiendo viajar a vivir a Santiago, porque aquí no habían opciones de tratar un embarazo tan complejo como el mío.

Pasamos un periodo en toda esta lucha pero mi Franquito no pudo seguir junto a nosotros: Ese ha sido, por lejos, el dolor más grande de mi vida. Sentí como si el mundo entero se detuviera y explotara todo dentro de mí. Sentí que mi alma se iba con él. Mi marido me hizo reaccionar, el también perdió a su hijo y no quería perderme también.

Continuó la lucha por vivir y fui trasplantada de riñón y páncreas. Seguía luchando para ser mamá, y ahora, ya trasplantada, se hacía muy riesgoso tanto para un futuro hijo como para mí. Nunca tuvimos dudas, de hecho más de alguna vez lo hablamos como algo que haríamos de igual manera.

Un nuevo camino, la adopción

Comenzamos lentamente el proceso de adopción, entrevistas varias, evaluaciones, charlas, todo lo necesario para poder ser aceptados. A medida que avanzaba el tiempo uno comienza a plantearse cuánto más habrá que esperar. Ser padres adoptivos es una decisión que te lleva a vivir un “embarazo” sin fecha estimada de término.

En febrero del 2017 me llamaron para felicitarnos porque había llegado el momento de decir si queríamos ser padres de un niño que estaba esperando formar una familia. Conversamos entre nosotros, sin decirle a nadie de esta llamada, y decidimos aceptar esta hermosa posibilidad. Hubo como una semana de espera para poder ir a conocer a quien sería nuestro hijo. Días interminables de ansiedad, de sueños, de miedos. Hablamos con nuestra familia una semana antes, para dar la noticia de forma especial a los abuelos.

Tres días antes de ir a conocerlo comenzamos a saber más de él, de sus horarios, de lo que le gustaba y lo que no, la leche que tomaba, era muchísima información. Teníamos que conocer seis meses y medio de la historia de nuestro hijo Joaquín. Ahí vimos por primera vez su carita, nos enviaron una foto de él y creo que en dos minutos ya la tenía toda la familia. Fuimos a dejar dos cosas de nosotros para que este hermoso niño conociera nuestro olor y le llevamos su primer juguete de regalo. Faltaban dos días y ya los nervios comenzaban a notarse.

Empezamos a adecuar nuestra casa para que él se sintiera acogido y seguro. Instalar su cuna, hervir mamaderas, comprar frutas y verduras necesarias para él, su leche, pedir su primera hora al pediatra, comprar pañales y algo de ropa de su talla. Por suerte aprovechamos su espera comprando varias cosas para cuando llegara el día, todo menos la cuna. Así que no fue tanto lo que corrimos y sirvió para hacernos sentir más corta la espera.

El día tan esperado llegó. Fuimos por fin a conocer a nuestro hijo. Primer desafío, instalar el huevito en el auto y cosas tan simples que hacer pero que con los nervios y la inexperiencia se hicieron tan complejas.

Llegamos a una sala llena de juegos de estimulación y esperamos a que lo trajeran. Cuando apareció ante nosotros era el horario de su mamadera, mi marido lo tomó en brazos y tomó control de la situación, le dio la mamadera mientras yo me dedicaba a llorar por una nube de emociones que sentí.

Pasados unos minutos me acerqué, lo tomé para terminar de darle su mamadera y comenzamos a jugar. Éramos extraños mirándonos con curiosidad. Nunca se vio incómodo o desconfiado, se veía tranquilo, y llegó la hora de irnos juntos, los tres, a casa.

Desde ese día en adelante ha sido un constante aprendizaje y descubrimiento. Si bien no ha sido un camino tan largo, si ha sido muy intenso, cada día hemos descubierto más cosas del otro y de nosotros mismos y hoy puedo decir, orgullosa, que tengo un hijo con carácter, con felicidad en sus ojos, con mucha ternura y regaloneos por recibir y dar.