Cada inicio de marzo, el bombardeo mediático comienza con la famosa “vuelta a clases”, donde el foco está en lo costoso de los uniformes, los útiles escolares, el colegio, las colaciones y un largo etcétera de costos asociados por tener hijos en edad escolar.

Pero claro, cada inicio de marzo, yo veía estas noticias con lejanía, casi pensando “esto nunca me va a pasar a mí”, mientras dibujaba una sonrisa de ironía y hasta soberbia en mi rostro. Eso hasta que mi hijo entró a educación básica. Así es, un día me desperté y habían pasado 6 años de maternidad.

Partimos en enero con la lista de útiles, un desafío tipo reality show que te invita seductoramente a tener que encontrar cada palito y lapicito que en ella se solicita. Y así fuimos buscando todos los implementos para que mi hijo sea un estudiante ejemplar.

Y bueno, pasado ya un mes de esta aventura, confieso que aún no la termino pero pronto lo haré, lo importante hijo mío es que tu madre siempre tratará de cumplir con todo, el éxito acá no es lo importante, es el esfuerzo lo que cuenta.

Seguimos con los uniformes, este año compramos uniforme por primera vez y a pesar de que coticé en un par de tiendas, al final una termina comprando lo que encuentra no más porque al parecer a mis hijos yo los alimento con salitre como dice la abuela y prácticamente no habían tallas disponibles. Con mi hijo uniformado, pasamos al ítem mochila.

Mi marido se reía porque para comprar la mochila hice una encuesta sobre si era necesario o no comprar una mochila con ruedas. Los resultados fueron dispares y al final le compré una mochila normal, horrible, pero al heredero le gustó y a las 8 de la noche, en medio de una tienda repleta de familias comprando y niños mañosos y calor, no le puse la más mínima objeción.

Faltaba un último ítem: los textos escolares. Había visto la noticia, había escuchado el rumor, pero no, nada, nada te prepara para el descaro de comprar un texto escolar en casi $40 mil pesos. NADA! Y en nuestro caso fueron 3 libros, solo 3 para comenzar.

En resumen, ya con mi hijo en clases, puedo decir que hemos entrado oficialmente al sistema, y tiene incluso su lado lindo, porque aunque me lo alegué todo, ese primer día de clases, entrando al colegio con la mochila apenas y la cotona mal puesta (porque se la abrochó él) mi pequeño me miró y me dijo “ya mamá, ahora estoy listo para aprender a leer”. Aún sigo llorando a moco tendido acá.

Este artículo fue publicado originalmente en la sección de Tendencias x Nosotras donde soy columnista en el diario Hoy x Hoy.