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El desafío de la disciplina sin lagrimas ni castigos…¿es posible?

Mucho se ha escrito en psicología, acerca lo que sirve y lo que no a la hora de enseñar a nuestros hijos conductas que para nosotros como padres son importantes. La mayoría de las veces esta palabra se relaciona con una posición autoritaria frente a nuestros hijos, donde no importa el costo que tenga para ellos, lo importante es que entiendan y aprendan eso que esperamos, sin importar cómo.

En la locura de la vida diaria, nos vemos enfrentados a miles de hechos cotidianos en los que nuestros hijos traspasan los límites de aquello que es “tolerable” o “aceptable” para nosotros. Sin duda, lo que tenemos más a mano son los recursos del castigo y la amenaza, para mostrar a través del miedo que ellos infunden, qué es lo que nuestro hijo debe hacer. Sin darnos cuenta, y además teniendo claro que este método no da resultados a la hora de enseñar y educar, seguimos utilizándolo porque quizás pensamos que a través del miedo al menos entenderán. Y aunque esté más que comprobado que este no es el camino, seguimos pensando que es la manera de “rayar la cancha” y “disciplinar” a nuestros niños.

En palabras de Daniel Siegel y Tina Payne, en su libro “Disciplina sin lágrimas”, el cual les recomiendo, la disciplina no tiene que ver con el castigo o el control, sino con la enseñanza y la adquisición de destrezas, que lograremos desde una postura de amor, respeto y conexión emocional con nuestros hijos.

Sabemos que a nivel cerebral, cuando un niño está enojado o con miedo, no puede aprender o simplemente entender qué es lo que se espera de él y menos distinguir qué es lo que ha hecho mal o bien. Si usamos el castigo y amenaza con nuestros hijos, solo predisponemos su cerebro a no entender nada de lo que se le está pidiendo o de lo que le está ocurriendo a él emocionalmente.

Estos autores plantean que si el sistema nervioso del niño está sobreexcitado; es decir, se siente ansioso, estresado o su cuerpo se muestra con mucho movimiento, se genera un estado poco receptivo a nivel cerebral, en el que le resultará imposible aprender. Por lo que nuestra primera tarea como padres, será crear un entorno que les ayude a acceder a un estado mental tranquilo, receptivo y de alerta. Solo desde ahí podremos comenzar a enseñar y lograr ese punto ideal donde se produce realmente el aprendizaje de nuestros hijos.

¿Y entonces que debemos hacer cuando nuestros hijos han hecho algo que está mal?

Lo primero y más importante será respirar profundo y trasmitirles tranquilamente lo que queremos que aprendan. Si nuestro hijo está en un estado emocional que no permite el aprendizaje, el primer desafío será conectarnos con él, contenerlo y luego ayudarlo a redirigir su conducta hacia lo que nosotros pensamos que es lo correcto.

Un ejemplo basado en mi vida de mamá, es cuando mis hijos discuten o se molestan. No puedo decir que nunca haya castigado o amenazado, sería falso, lo he hecho aún sabiendo que no es el mejor camino. Mi intento está todos los días en desafiarme como mamá a buscar caminos alternativos que propicien el aprendizaje de lo que quiero que entiendan y hagan suyo.

Sé que cuando castigo o amenazo, solo estoy haciendo que aumente su rabia, pena y frustración y que por ende solo “entienda” o “aprenda” por miedo a lo que yo pueda hacer. Su mente y cuerpo no están abiertos emocionalmente para este aprendizaje. Entonces, mi disciplina ha fallado porque mi hijo claramente no ha aprendido que es lo incorrecto de molestar a su hermano y probablemente no ha logrado tampoco empatizar con el dolor o sufrimiento de ella. Es cuando logro respirar profundo y hacerlo de manera distinta, cuando sé que mi disciplina sí ha funcionado.

Sé que si logro respirar profundo, tendré la paciencia y calma para contenerlo, podrá llegar entonces su cerebro a la calma y lograremos un diálogo abierto de qué fue lo que ocurrió, una conversación que implica aprendizaje, en la que también se logra mostrar reglas claras de aquello que espero de él. Puedo reflexionar en conjunto, sacar aprendizajes de aquello que hizo y buscar soluciones alternativas que lo puedan ayudar si esto vuelve a ocurrir.

Lo más importante de todo, es tener la certeza de que una disciplina basada en el razonamiento y diálogo abierto, ayudará a que nuestros niños logren percibir esos principios que son básicos para nosotros y a donde esperamos que dirijan su comportamiento. Finalmente lo que queremos es formar hijos que tomen decisiones, no simplemente para comportarse de la manera correcta porque “me están mirando” o por miedo a ser castigado, sino porque ellos tienen la certeza y saben que eso que deciden los hace mejores personas, más empáticos, buenos y respetuosos.

Los desafío a ponerse como meta, hacer esto al menos una vez de esas 5 que reaccionamos mal. Viendo los resultados de este cambio, se irán dando cuenta que ese es el camino del aprendizaje. Por esto tengo fe que utilizaremos lo que está comprobado que sirve y no aquello que sabemos con certeza que no funciona.

Por María José Lacámara, psicóloga clínica infanto juvenil con más de 10 años de experiencia atendiendo a niños, adolescentes y sus papás. María José es además mamá de tres niños maravillosos de 10, 8 y 4 años.

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