“No me gusta gritar o ser autoritaria porque mis papás me retaban todo el tiempo, nunca me escuchaban y yo no quiero eso para mis hijos”, me comentaba hace un tiempo una mamá amiga sobrepasada con sus dos hijos pequeños, de no más de 5 años y que estaban teniendo diversos problemas de conducta en su jardín infantil.

Y ciertamente, su punto es muy válido, uno como mamá trata de ser la mejor versión de si misma y criar con un estilo propio, siendo más perceptible esto cuando se ha tenido una crianza que no se quiere repetir con los hijos propios. No obstante, en la crianza es necesario poner límites y disciplina, siendo clave enseñar de forma positiva en vez de corregir en una forma negativa, autoritaria y que no deja lugar a ningún tipo de aprendizaje.

Por eso, cuando se trata de enseñar y educar a los hijos en su comportamiento y disciplina, el mejor estilo que uno como padre puede adoptar es el de ser figura de autoridad pero no autoritario. La diferencia en este punto es quienes ejercen una forma autoritaria de crianza, no está enseñando, está imponiendo y esa necesidad de obediencia que impone resulta un factor clave para que el niño termine revelándose, incluso desde muy pequeño y que además se ve condicionado porque el afecto y el cariño, generalmente se manifiesta solo si el niño es capaz de obedecer y no porque se dé de forma natural y desde el amor.

El enseñar disciplina a nuestros hijos es muy distinto a ser autoritario, y esto se basa fundalmente en que al ser más empáticos, estamos acordando en común el respeto por ciertas normas y conductas, donde el niño es participe de estos procesos y al ser parte de ellos se siente responsable de cumplirlos. Al enseñar disciplina e ir reforzando las conductas desde una aproximación más positiva que impositiva, vamos también reforzando los lazos de una relación entre nosotras y nuestros hijos que será increíblemente más fuerte y significativa en todas las etapas de su crecimiento.

Entonces, antes de retarlos, de decirles que no, de imponer una norma o regla “porque sí”, date el tiempo de conversar con ellos, de no quitarles el cariño porque se “portaron mal” y así ir trabajando en una comunicación que sea más afectiva y que en el tiempo, te aseguro, será sorprendentemente más efectiva que el uso y abuso de la autoridad.

Este artículo fue publicado originalmente en la sección de Tendencias x Nosotras donde soy columnista en el diario Hoy x Hoy.